LA CHiSPA DE LA PROPiA ViDA

Las Apariencias

 

 

Todo comenzó con un gaspacho. La espesa pulpa colorada de un gaspacho, humedeciendo sus labios mientras yo usaba lo que me quedaba de atención para pensar que iba a ser algo distinto. Sus ojos, su pelo y sin embargo, un escalofrío eléctrico que recorria mi estómago, como el que sientes cuando aspiras a algo que es mucho más grande que tu, más inabarcable.

Y es muy cierto que también terminó como empezó. Con una fotografía. Yo bebiendo del gaspacho ansiosamente, sosteniéndolo en mi mano izquierda, la otra mano en la cintura y en mi rostro una facialidad graciosa y hasta inocente, detrás la noche parecía hermosa. Yo no la recuerdo así.

Luego la ceguera de la luz, como un flash eternamente lento posado sobre la sombra del papel fotográfico, haciendo y rehaciendo lo que nunca debí haber hecho. Lo mismo que motiva el que me encuentre aquí.

Pero esto no significa que no le quiera, el amor y el odio están unidos por un cristal muy fino y al menor desliz lo rompes y vas de lado en lado toda tu vida, hasta que la muerte los separe. Aunque en nuestro caso nos separó un film fotográfico extraño. Ella fue buena conmigo, a pesar de sus errores, y yo lo fui con ella a pesar de los míos. Confirma nuestro afán conyugal, un portaretrato revestido en diamantes, nosotros posando en París, colocada en una de las mejores zonas de la casa: una estantería gigantesca, repleta de recuerdos familiares, de espesas sonrisas al atardecer, bellos viajes por el mundo, mis vecinos Freud e Isabel I, componen la zona de celebridades nunca olvidadas, supongo que me habrá puesto allí en un deje de ironía y camaradería. Esa vieja compañía ahora está rota, o lo estaba hasta este momento, en que la acompaño eternamente, admirandola en silencio desde mi marco. Quien diría que la falta de compañía mutua que nos acechaba desde hace añares, se tomaría la revancha de esta manera.

Sigmund e Isabel son unos buenos vecinos, aunque un poco reservados, sin embargo jamás dudan en extenderme un gaspacho nuevo en las noches de tristeza que estuve tomando de más. Un preciso y sabroso gaspacho, porque pese a todo lo acontecido me continúa gustando. El hecho de no olvidar renovar siempre la copa también es por los habitantes que nos visitan a menudo, ya que estamos en la sala principal de la casa, donde siempre suele pasarnos una franela Ella, la fotógrafa. A veces me guiña un ojo o me tira besos y yo miro para otro lado fingiendo estar de siesta, pero como sabe que las fotografías no dormimos, simplemente dejo mi rostro neutro y me mantengo recto e impasible. Porque tras haber llegado aquí hace casi nueve años, aprendí la regla número uno que cualquier fotografía novata debe aprender al llegar: estamos en la sala principal, y hay que saber guardar las apariencias.

 

by Alejandro Caruso (A.C.)

1 comentario

1 respuesta hasta el momento ↓

  • Hijadelalagrima // Julio 30, 2008 a 12:08 am

    Supongo que el gaspacho sera esa sopa espantosa…ddd…

    Las fotografias inmortalizan, eso me apasiona. Es como vencer a la muerte.

    Como siempre, me enorgullece leerte.
    Ojala nunca dejes de hacerlo.

    Mis besos porteños.

Dejar un comentario