LA CHiSPA DE LA PROPiA ViDA

La gota que rebalsó la copa

 

Dejé sobre tu mesa de luz, la del lado derecho (aclaro porque últimamente confundías los lados), tu vaso de agua con las gotas de calmante para que puedas dormir, como todas las noches, en las que llegabas por esa misma puerta que ahora utilizo yo para marcharme. Lo hago porque aún te cuido, como se alimenta a una planta carnívora que te muerde hasta los tobilos al hacerlo, o como a una langosta en la pecera del silencio conyugal con la que uno luego se encariña pese a que se coma a los demás peces que recurren a tu costa. De ese oficio de predador omnisciente, sólo conseguiste alejarme de lo que más quería, sin saber que me alejabas también de ti, en un hipnotismo de dependencia de la que aún ahora no me recupero, habiendo decidido marcharme hace tres horas y veinticinco minutos, cuando tan solo faltan otros cinco minutos para que regreses de trabajar, o quizás de pasar por un bar, o cualquier otro lugar producto de tu inventiva perniciosa que oculta otras mujeres, otros intereses de los que me excluyes como un tumor oscuro y vergonzoso en el arcoiris brillante que aparentaba ser tu vida, para los que no te conocían como yo. Porque sólo se conoce verdaderamente a una persona cuando se convive con ella. Como un submarino, su verdadera realidad sale a flote por entre la profundidad de su virtual apariencia social, donde todo parece ser color de rosa. De eso estoy segura, porque las pocas veces que invitaste amigos a casa, apenas conocían mi nombre, y a lo peor, algo que sucedía con mucha más frecuencia, te preguntaban en voz baja cuando yo estaba en el cuarto de baño, si era tu ama de llaves, tu prima, o tal vez una amiga con la que poseías mucha confianza. Así me tuviste todos estos años que llevamos de casados, en una cárcel, bella cárcel porque la casa dejaba poco que desear, claro que el deterioro interior que uno gesta como una condena cuando la vida se hace pesada y difícil, hace que veamos todo mucho peor. Por eso para mi, la casa, la soledad, y tú, eran el mismísimo infierno. Creo que no necesito especificar más motivos por los cuales me marcho. Aún así me pregunto qué máscara me pondré cuando emerja de la bruma.

Durante años me convertí en tu ama de llaves, tu vigía. Solo servía para abrir la puerta de la casa cuando oía un ruido en la verja de la calle que activaba tu presencia, confirmaba yo asi que por otra maldita vez habías vuelto, con olor a otra mujer, porque nunca perdías tu costumbre, con los ojos acuosos de otras imágenes de las que me sabía excluída. No te culpo, mi silenciosa contemplación del dolor fue una medicina opaca que diseñó tu final como una brújula perdida en la noche, que guía la mano asesina hasta la almohada donde reposa el dolor y lo apuñala. Pese a todo sospecho que aún me quieres. Sé que muchas otras veces vos eras el que esperaba llegar y encontrarme muerta. Pero poseías la certeza de que por más infierno en el que me sumergiste como artefacto de tortura para que te dejara, yo iba a resistir, porque eras lo único que yo tenía en la vida. De eso te culpo además: de construir un teatro, una obra, de ubicarme como expectadora única frente al fenomenal protagonista de un monólogo horroroso ambientado por el espeso aire de un matrimonio ciego y amordazado. No añado gracia al decir que aquél protagonista eras tú.

Pero hoy al levantarme todo fue distinto. Planeé mi despedida y la tuya con la rapidez con que tejí una vez dos escarpines de lana para el hijo que nunca tuvimos. Una tierna despedida a mi vieja vida. Aún no llegas y creo apresurarme tomando mis mínimas pertenencias, algunos anillos, mis dos vestidos preferidos -por no decir que solo tengo esos dos que me compraste cuando recién casados, y que son mis preferidos porque tras los años de eso, no sé ni qué vestidos más bellos pueden descubrir mis ojos en las vitrinas de las tiendas: una vez más, la carencia hace brillar en mis ojos las pocas cosas que tengo, algo que no te agradezco porque me lo debo a mi misma-. Continúo tomando sólo un par de zapatos y robándote algo de dinero de abajo de la repisa, entre una novela de Chejov, y tu torre de pisa en miniatura (inclinada y en decandencia como tu capacidad sexual), en verdad es lo menos que puedo hacerte, siendo que vos me robaste tantas nubes en el cielo de mi vida, y me trataste como a una esclava.

Como pienso que aún sigues pensando que soy estúpida, no me marcho así sin más, no dejaría la bandeja de mi vida servida a un cobarde y ruin como vos, al que aún le guardo algo de cariño. Por eso, si las cosas salen distintas de como las ideé hace tres horas y veintisiete minutos, te dejé también en un trozo de papel amarillo (sabrás de donde lo recorté cuando veas tu poster de Johnny Mitchell en la pared de tu estudio) donde anoté la dirección donde pararé al menos un tiempo, hasta que las ideas se me ordenen. Tengo la ingenua sospecha de que tu amor por mi resucitará de entre los muertos como Jesús (tanto tiempo de soledad fabricada y sellada por ti, me llevó a leer casi seis veces el tomo completo de la biblia que usas para nivelar la pata rota de tu escritorio). De todos modos me llevo de ti algunas pocas cosas que compartimos: entre ellas que nunca pudiste confiar en mi, así como yo de ti jamás hubiera confiado, por eso creo que esa desconfianza mutua fue lo único que llegamos a compartir realmente. Lo sé y por eso, a diferencia de otras veces que intenté escapar de tus llamas – de las que tengo cicatrices con las que construi mi decisión-, dejé escrita en el papel amarillo con letra bien clara la calle, número y piso de mi amiga Celeste. Pero no iré allí. Si es que vas, te dirán que morí cuando volvía del botánico, luego de vestirme como una princesa con el dinero que te robé y que en la camilla de la ambulancia (dentro de la que fallecí) mis últimas palabras fueron “fin del juego”, como vos llamabas al recomienzo infinito de nuestras múltiples nuevas vidas en las que prometías que sería una mujer feliz a tu lado.

Para mí será como empezar de nuevo. Seré una sirena libre, exiliada en un océano distinto que el tuyo. Nunca volveré a ver tu rostro apagado, musicalizado por la lluvia los días de tormenta, días en los que no ibas a beber a la taberna de tu amiga al salir de trabajar. Siempre te deprimía la lluvia.

Ya no equivocarás el lado de la cama, así que no jugarás más a memorizarte inútilmente el pretexto de tu dislexia de infancia. Tendrás la cama para vos solo. Y sé que encontrarás algún consuelo, aunque solo fuera el hecho de dormir con dos almohadas bajo tu cuello torcido por la edad.

Sé que al llegar te extrañará que yo no esté, lejano a todo aire emotivo por mi ausencia, abrirás tu clásica quilmes y la servirás con mucha espuma (verás que aún desde el propio infierno se puede memorizar los tics de tu peor enemigo). No cenarás porque ya no estaré yo para concinarte. Si alguna certeza tengo sobre ti es que jamás harías algo para complacerte. Siempre fuiste complacido por los demás, ese fue tu morbo, el único hilo de cariño que nos unía: tu necesidad de mi era un juego macabro donde yo te apañaba las caídas y tu te sostenías en mi sin importar cuánto peso me invocabas al hacerlo. Pernicioso vínculo creaste con las personas, algo que sabrás en cuanto llegues es que tu inquilina sirvienta ya no estará para lamerte el dedo gordo del pie o para servirte de oido, una oreja gigante donde depositabas tus angustias, sin necesidad de respuesta. Nunca dejaste que opinara sobre tu vida. Tu lenguaje comunicativo era pura masturbación. Sé muy bien que vos dependés más de mi que lo que yo dependo de vos. Y que sólo la piedra del destino romperá tu duda como un vidrio cuando te preguntes qué harás sin tu ama de llaves. Por eso decidí que por más odio que te tenga no te merecés padecer eso. Parece mentira cómo la cautiva puede enamorarse de la bestia, el cancervero de mi propia alma, del dueño de la chispa de mi perdición. Aún te tengo algo de cariño al fin y al cabo, porque los extremos en algún momento se únen. Por eso preparé tu trago final.

Antes de dormir beberás del vaso con las gotas de valium que siempre te preparaba cada noche y que te sumen en un profundo sueño, lo sé porque jamás pude despertarte cuando roncabas como aullido de lobo, o cuando me golpeabas mientras dormitábamos haciendo física tu batalla interior que formaba parte de una pesadilla. Las gotas eran efectivas. Como soy una buena mujer, aún dejándote, coloqué algunas gotas más de las que comúnmente solían conciliar tu descanso. Porque te conozco y sé que el remordimiento y la culpa te visitarán esta noche, cuando dentro de dos minutos y treinta segundos llegues. Porque aún estoy tatuada a tu vida irreversiblemente.

Siempre creí que el amor era un dulce veneno que se fabrica y se bebe de a dos y va deteriorando el útero de lo que fue al principio: mágico y adolescente. Por eso no siento culpa al saber tu final. Siempre pensé que no llevarías adelante tu destino si un día te dejaba. Por eso decidi acortar tu agonía. Solo me llevo entre tantas otras cosas que te nombro, una fotografía tuya, y por supuesto el anillo de piedra verde que me regalaste en nuestra modesta boda. Los objetos son trampas que le tiendo a mi memoria, para que tu recuerdo no se ponga de pie en mi como una nube etérea e irreal. Preciso guardar conmigo una prueba cosificada de que alguna vez exististe. Pues temo que mi próxima vejez intoxique esos recuerdos. Aunque no lo creas sé que te recordaré con cariño. El amor y el odio nunca estuvieron tan unidos como en este momento, dentro del torbellino de mi mente.

Se que no despertarás, porque conozco las gotas. También sé que ésta -tu última- madrugada soñarás conmigo y seré por siempre la única que sepa que lo último que pensaste fue en mi, porque comprendo que como toda bestia aún guardas algo bello dentro del caparazón odioso de tu vida. También sé que me nombrarás entre sueños, porque siempre tuviste la costumbre, luego de tus extrañas llegadas, de nombrar entre sueños a la última mujer con la que me engañabas. Comprobaba su nombre en tus mensajes de texto, cuando aprovechaba tu espasmo en la cama, y tomaba tu móvil para espiar tu vida social, ya que de eso no me hablabas cuando extendía mi oido siempre presente hacia ti. Por eso sé que soñarás conmigo. Porque seré el último pensamiento que tengas, y para mejor, seré tu penúltima ensoñación, a lo mejor tu pesadilla. Apareceré en tu sueño con los labios pintados con el lapiz labial que tanto exigí que me compraras y que siempre olvidabas. Tendré puesta esa blusa que jamás me regalaste y el peinado que siempre me quise hacer en la peluquería de la esquina. Mi nariz estará menos torcida y mis senos más altos, pero solo por deseo personal, ya que jamás te pedí que me llevaras de un cirujano, por la certeza de tu mezquindad al ni siquiera comprarme un par de aros nuevos. Eras tan probable como que el sol saldrá mañana y yo estaré lejos de ti para siempre. Durante tu sueño también estaremos en casa, lo sé, porque siempre fue tu guarida de reposo, de lobo feroz que cazaba caperucitas por el centro de la ciudad, y volvía saciado y cansado, a la cueva donde se ocultaba hasta el otro día, donde comenzaba su cacería nuevamente. Dormiremos por última vez en la misma cama donde mi cuerpo está marcado por la mala calidad del colchón, vos del lado derecho como siempre quisiste, yo igual a la que soñaste de día cuando no estabas en casa: mi físico planeado por el arquitectónico cuerpo de tu secretaria, me besarás en el humo nocturno, esa extraña niebla que cubre los sueños de un mágico y piadoso sonido, a mi no me impotará ya que confundas mi nombre, ni me extrañaré de tu trato cordial y de hombría. Seré tu ama, tu matriz por primera y última vez, aunque fuese todo un profundo y sin retorno sueño. Tu último frágil y ensoñador pensamiento seré yo, tan irreversible y bello como una dulce pesadilla. Quien diría que al final de tu existencia me harías una mujer feliz. Aunque tuviese que colaborar para ello. Por primera vez pude participar en algún suceso de tu vida. Aunque fuese el último. Aunque ocurra por una extraña y egoísta felicidad, que diera lugar por fin al nacimiento de mi nueva vida.

A. C.

3 comentarios

3 respuestas hasta el momento ↓

  • Hija De La Lágrima // Junio 4, 2008 a 2:37 pm | Responder

    Las despedidas siempre son disparadores. Los infiernos que se esconden dentro de las relaciones, el amor -odio inevitable.
    “Te amo. Te odio. Dame Más”.

    Un verdadero encanto leerte.

    Mis besos.

  • Panceto // Junio 6, 2008 a 7:16 pm | Responder

    distorsión y paradoja:
    (luego)
    probablemente ella se tome lo que quede en el vaso.

  • nadina // Octubre 23, 2008 a 10:09 am | Responder

    Es tan hermoso lo que escribiste Ale, que me estrujo el corazón. INSPIRADOR, MARAVILLOSO!
    como vos, amigo de mi coure, AY CUANTO TE AMO Y TE EXTRAÑO!
    Fue algo asi como amistad a primera vista lo nuestro… y no olvidemos de incluir al licor de kiwi. Un triangulo amistosoalcholico perfecto! jaja
    Ese día el camino se extendia y nosotros nunca llegabamos a destino, desesperante, pero que fantastico caminar a tu lado!
    Desde aquel día, quiero que sepas que sigo caminado a tu lado, codo a codo, ningun oceanito de porqueria va a poder conmigo eh! OJO EH ! que me pongo revolucionara y me pongo LOCA! me tiro al mar asi como estoy y me voy para allá!

    te amo ale y te extraño 3 montones, o quizás más
    no te tardes en venir o me vas hacer ir a buscarte, pelotudo.

    (L)

    viste como mezclo ternura con vulgaridad? (H)

    Espero no haber arruinado el estilo sofisticado de tu blog… Me siento como Thalia en “Maria la del barrio” cuando pasaba verguenza en las fiestas de Fernando, que Soraya le gritaba PEPENADORA, MALDITA MARGINAL! y despues la hacia levantar noseque del barro con la boca.

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