Cuando conocí a Carlos sentí algo especial. Recuerdo que le cogí la mano, y una electricidad que venía detrás de una tela finísima de oscuridad se aventó sobre mi como una negrura fluorescente, un rayo en los ojos, un parpadeo de lentejuelas entre sus dientes y un leve rozar de pieles, un plegamiento de cuerpos circunspectos y cuadrados, uniéndose en un segundo y separándose en otro. Pero claro, esos leves y etéreos roces fueron para mi unos diez minutos de fogosa luminiscencia. Desde ese noche, por no decir momento, supe que debería entablar una relación con él. Es como cuando visitas una casa de ropa, y ya desde el escaparate te vas acercando y ves entre toda la gran vorágine de tejidos cortados y confeccionados para cada cuerpo de cada ser humano, variados en colores, texturas, instintos e insinuaciones, en fin: dentro de ese tremendo paisaje selvático de menesteres módicos e irreversibles tus ojos cogen de la nada una dirección donde algo resalta entre la multitud: a veces es un color, otras suelen ser las secciones o las divisiones entre los percheros, pero eso sí, siempre nuestra vista apunta hacia un lado, y de entre todo fija un punto y se acerca para comprobar si su atracción temprana, cuando los metros fueran menos y la vista más aguda, resultaría tal y como la primera impresión tatuó sobre el aire y las luces, o si sólo ha sido una sórdida ilusión óptica. Asi fue como yo, entre tanta gente que había un viernes por la noche en ese pub donde solíamos salir con Norma, entre tantas luces y claroscuros, sentada desde un sillón le vi mirándome. Decidí acercarme, no físicamente, sino con los ojos, ver mejor, apuntar mi viciosa sequedad de párpados en la silueta medio real de Carlos. Intenté coser junto a mi amiga algunas palabras sobre la semana, le sermoneé algo por reminiscencias del pasado jueves, pero mis palabras eran algo volátil, flotaban como espuma por encima de la ola siniestra de la música, y se perdían debajo de mis párpados que no paraban de señalarlo. Bendito fue el momento en que Norma me dijo que iba al baño, sin antes guiñarme un poco uno de sus ojos y levantar el lado izquierdo de sus labios formando una sonrisa algo tonta, invariable y cómplice. Al principio me contenté, hasta que me vi sola, en medio de una multitud, única iluminada de todo el borroso y oscuro pub. Por momentos llegué a sentirme como en la silla de un interrogatorio. O algo peor, en el confesionario de una Iglesia, algo particular y veinticuatro horas; lo que hacía de mi estadía que solo llevaba tres minutos y veinte segundos, se hiciera más larga que el partido de tenis de cada domingo, o de la cocción de una patata asada. Sola yo, acompañada por un mullido sofá de terciopelo azul, que recibía mi peso y mi pose con una sutilidad piadosa. Supongo que exageré tanto mis gestos de disgusto, impaciencia y aprehensión – es decir, en ese preciso momento era como un volcán por el que se le van elevando las grietas antes de su erupción, tenía cenizas volando alrededor mío, pronosticando una erupción de ira inminente- que mi amiga había vuelto antes de que yo comenzara a pensar en irme, como enviada por una escuadra de telepatía cósmica. Resultó que se había encontrado en el baño con un chico que iba a su instituto. Segundos después lo trajo con nosotros, era un moreno bajo de estatura con un sombrero de esos que regalan si compras cuatro copas de Jack Daniells, y me sonrió con sus siete dientes delanteros, con una simplicidad que me asombró, porque a simple vista parecía un poco gillipollas, siempre yo bajo la presencia de la aniquiladora mirada que desenfoca y enfoca. Nos bebimos unas copas y dijo que llamaría a sus amigos. Así fue como pasó : por entre la negrura cinco cuerpos masculinos comenzaron a flotar en dirección a nosotras, así fue como le vi, con sus largas piernas y sus jeans gastados. Y una camisa que no creía ni del mismo color ni de la misma textura, tampoco pensé que el estampado tendría un pez espada y una llamativa X grabada en su brazo. Cuando desembarcaron los cinco sobre nuestro territorio de luminosidad abundante, cada uno saludo a cada cual, y cuando llegó el turno de besar a Carlos dos veces, uno en cada cachete, mi mano se interpuso entre nosotros. Mi propia mano había cobrado autonomía propia . Mi extremidad de cinco dedos había construido en menos de treinta centímetros, un puente entre él y yo. Pero era un puente que establecía un contacto distante, no propio de mi. Así y todo me deje llevar y el coló su palma sobre la mía, ahí fue cuando me miró: en pocos minutos comenzó a gatear sobre mi puente, con seguridad alucinante, hasta que pasada la hora el pequeño puente se dejo de lado y voló en avión hasta mi orilla no lejana. Sus ojos brillaban con una negrura indescriptible, sus cejas desunidas por depiladora manual me enviaban mensajes, hasta sus orejas, muy detrás hacia su nuca, emitían verbos silenciosos que se desplazaban a través de la música, eran como la espuma, eran como yo me sentía en mi particular sala de interrogatorio. Me miró de nuevo y rompió el hielo:
- Yo soy Carlos, y tú?
- Marina – contesté, en lo que duró una bocanada gigantesca de oxigeno, ya que mis pulmones estaban paralizados por el anterior presentimiento. Aún más tarde lo comprendí por completo: que mis manos hicieran lo correcto, ya que ahora mismo tengo la mía junto a la suya, pero él esta durmiendo.
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simplemente, hermoso, humano..
un abrazo!